lunes, febrero 06, 2006

175 mililitros

Hace una semana conseguí por fin convencer a alguien para que me acompañase a donar sangre. No me gusta ir solo, principalmente porque en ocasiones me mareo, y confío en mi acompañante para llevarme sano y salvo a casa después de compartir algo de salud. Hacía ya un año y medio desde la última vez, el 21 de junio del 2004.

El riesgo evidente de ir a donar con otro donante, cuando el menda tiene una alta posibilidad de marearse, es que esa otra persona también sea susceptible de caer abatido ante la falta de volumen en sus venas. En esta ocasión, sus poco más de 50 kilos de peso imposibilitó a mi amiga ceder líquido rojo a otros. Así, la vuelta a casa estaba asegurada.

No me hacen gracia las agujas. De hecho, las odio o, mejor dicho, las temo más allá de lo razonable, es decir, les tengo fobia. Más aún, si las veo clavadas en mi cuerpo, empiezo a sentir una presión muy desagradable en la boca del estómago, sudores fríos y dolores en torno a la zona punzada. Tras pocos segundos, mi color de piel, muy cercano al blanco leche los inviernos alejados de California (todos menos éste), se vuelve aún más blanco. En resumen, preaviso a los amables enfermeros y enfermeras del hospital de turno de mi perdida de conciencia. Un poco de alcohol bajo la nariz y mis piernes a mayor altura que mi cabeza resuelve la situación, manteniéndome despierto.

Normalmente, no me mareo ni sufro, si fuera así no donaría, aunque aquel día de 2004 sí pasó, y así se lo comenté tanto a mi amiga como a los enfermeros/enfermeras, por si se repetía. Esta vez no me mareé, me sucedió algo que jamás me había ocurrido.

Tras 12 minutos con la aguja clavada en mi brazo derecho, en la bolsa de sangre sólo había 175 mililitros. A ese ritmo, necesitaría unos 20 minutos más para finalizar la donación, por lo que la pararon y nos mandaron a casa.

Según la enfermera, estaba demasiado tenso, por lo que "empujaba" la aguja hacia fuera y mi sangre no quería salir. Personalmente, creo que estaba bastante tranquilo. No me convenció su teoría.

Alguno de mis amigos sugería que la compañía me ponía nervioso, y no estaba a lo que tenía que estar. Como les dije, en todo caso mi corazón latiría más deprisa y habría llenado la bolsa en 2 minutos, no en 35, como los que hubiera necesitado.

Mi opinión es que la enfermera, aunque muy amable, tenía algún defecto en la vista o un mal día, e hizo el agujero del sangriente surtidor a través de mi piel lejos de la tubería adecuada. Difícil, teniendo en cuenta lo visible de mis azules canalizaciones.

Siento no haber podido dejar más de mi sangre allí. Si la alegría fuese contajiosa por vía sanguínea, alguien se hubiese beneficiado de alguna de la que yo disfruto últimamente.

Habrá otras ocasiones, seguro no lejanas en el tiempo, y cualquier voluntario o voluntaria acompañante será invitado/a unos pinchos en el coruñés Recuncho de Maite, o en un lugar similar vigués en caso de producirse en mi hogar del Sur.

Sé lo mucho que os gusta regalar algo de vuestra sangre. Por favor, todos a la vez no, uno/a a uno/a...

2 comentarios:

Noelia dijo...

Pero Javi! No esperaba yo eso de ti! Marearte por un pinchacito!
Es cierto que no conozco los detalles de la situaciòn, pero seguro que si no te pusiste nervioso por culpa de la acompañante, fue por lo buena que estaba la enfermera ;P

Por cierto, suerte con la bùsqueda de piso. Ahora es una mala epoca para encontrar uno decente.Pero seguro que pronto dejaràs de ser un homeless. Ànimo, chaval!!

Javi dijo...

Lo reconozco, soy una nena con las agujas, pero sin verla clavada soy capaz de donar, así que en realidad podrías tildarme de "avestruz socialmente preocupada" :P

Si la enfermera, además de amable, estuviese buena, le hubiera dicho que lo de dejar un brazo libre era un error. Podría haber donado perfectamente con los dos a la vez. Cláveme usted otra más, por favor!

Lo del piso, buff, lo veo complicado, pero cuando lo encuentre y posteriormente inaugure estaréis todos invitados. Eso sí, tanto a beber y comer como a limpiar después :)