Según una leyenda urbana que alguien nos contaba en el colegio, los yankies no saben ni siquiera situar España en el mapa, creen que está debajo de México. Sin embargo, cuando yo digo que soy español en USA, resulta que uno tiene un amigo con novia de allí, otro ha corrido los San Fermines... Y resulta que todos saben que somos Europeans.
Más allá de leyendas sobre lo tontos, o imbéciles, que son los yankies, en estos días en New York me he encontrado con un par de casos que muestran un nivel de imbecilidad similar entre Spanish y Americans.
Lo primero, los fantásticos porteros de los garitos de moda (bouncers en USA). Gozan de la misma mirada de indiferencia y desprecio que los españoles. Si tuvieran a un tío agonizante en la puerta, por ej. sangrando de forma abundante, pero sin trajear y una tía repeinada a su lado, lo más probable es que le dedicasen una sola y única mirada, eso sí, de arriba abajo. Después se apoyarían en la columna/pared de turno y orientarían su mirada al infinito, al más allá, sugiriendo una profunda e inexistente reflexión, esperando que el tío agonizante de "la cola" se desvaneciese.
Los bouncers hablan en inglés, pero esa es la única diferencia con los porteros españoles. Los músculos, miradas, pintas y desprecios son los mismos. ¿Dónde está la escuela internacional de poner cara de mala leche donde estudian todos ellos? ¿O tal vez es algo genético, un don divino para muscularse y hablar con monosílabos y/o pedir una invitación?
Además de los porteros, a los yankies también les gusta el aire acondicionado, mucho. En verano, visten chaquestas y jerseys en las oficinas, comercios, etc. Igualito que en España. Subes al vagón del metro, te congelas; te bajas, te asas. Sales a la calle, estupendos 20 grados; entras en un Starbuck, rebuscas la chaqueta en la mochila para evitar morirte de frío...
Imagino que somos todos fervientes defensores de la necesaria selección natural: si no palmas por el cambio continuo de frío/calor, vales para participar en la continuación de la especie. Igualitario, fair, no se marginan razas ni culturas.
En fin, qué bonito es ver que estadounidenses y españoles tenemos cosas en común. En el nivel de absurdos e imbecilidades, todos cortados por el mismo patrón. Si el balón de fútbol americano fuera esférico, podríamos adherirnos cual Puerto Rico y en Spanglish sin complejos.
Mientras, seguiremos rebajando la morriña intentando entrar en garitos pijos vestidos con chándal y zapatillas, y poniéndonos pantalones cortos y camiseta en verano para ir a trabajar. Como en casa.
martes, septiembre 23, 2008
miércoles, septiembre 17, 2008
New York, desde el Empire State
La primera de varias o, tal vez, la primera y la última entrada desde New York (NY).
Recordando a Meg Ryan en el observatorio de la planta 86th, como Tom Hanks en Sleepless in Seattle, la vista de Manhattan desde el mítico Empire State es suficiente para justificar una visita a la ciudad de los rascacielos.
Cual imperiales piezas de Tetris, los rascacielos de NY encajan celestialmente en el atardecer, unos con otros, formando un puzzle de inigualable belleza, impresionante y sorprendente, imposible de reproducir con la cámara de "pulsa botones" de un servidor.
¿Cómo es posible que tantos gigantes puedan componer una visión urbana tan bella? Desde el casi cielo del Empire State, la arquitectura de las alturas sin fin se impone de forma indiscutible, y recoge los flashes y miradas de atónitos turistas.
El cielo es su única frontera, el verdadero límite de todos esos seres hermanos de acero, cemento y cristal.
Con 12 días por delante en Manhattan, quien sabe si al finalizar tendremos que volver a subir 86 pisos para asegurarnos de que la vista no era tan solo una ilusión...
Recordando a Meg Ryan en el observatorio de la planta 86th, como Tom Hanks en Sleepless in Seattle, la vista de Manhattan desde el mítico Empire State es suficiente para justificar una visita a la ciudad de los rascacielos.
Cual imperiales piezas de Tetris, los rascacielos de NY encajan celestialmente en el atardecer, unos con otros, formando un puzzle de inigualable belleza, impresionante y sorprendente, imposible de reproducir con la cámara de "pulsa botones" de un servidor.
¿Cómo es posible que tantos gigantes puedan componer una visión urbana tan bella? Desde el casi cielo del Empire State, la arquitectura de las alturas sin fin se impone de forma indiscutible, y recoge los flashes y miradas de atónitos turistas.
El cielo es su única frontera, el verdadero límite de todos esos seres hermanos de acero, cemento y cristal.
Con 12 días por delante en Manhattan, quien sabe si al finalizar tendremos que volver a subir 86 pisos para asegurarnos de que la vista no era tan solo una ilusión...
sábado, agosto 02, 2008
Balón o jugador
Como dice mi compi de trabajo Berto: "El deporte es malo para la salud, ¿por qué sino duele después de hacerlo?" Está claro, el cuerpo nos avisa de cuando hay algún problema, ya sea expresándolo a través de dolor, temperatura, inflamación... Si duele, implica que algo no va bien.
Hace unas pocas semanas me crucé con un antiguo compañero del Vioño C.F., el equipo de fútbol de 3ª regional donde jugué 2 temporadas después de la universidad. Sin demasiados problemas, me convenció para volver con otras viejas no-glorias y esta misma semana he empezado la pretemporada, a los casi 30...
Claro, los años no pasan en balde, y tras la semana más deportiva de mi vida post cuarto de siglo, con 2 sesiones de gimnasio lunes-jueves y 2 de fútbol pretemporada en playa miércoles-viernes, el sábado me he levantado con los gemelos y la espalda quejándose del sobreesfuerzo, obligándome a caminar como un abuelito de 80: cojeando y con una mano sujetando las lumbares.
En fin, Berto tiene razón, el deporte no es saludable, sobre todo a cierta edad. No en balde soy el mayor del equipo, además del de mayor fama de leñero, leñador o "javi navarro", como queráis llamarlo.
Lateral derecho sin velocidad y con poco fondo físico se ofrece para agarrar, empujar y meter la pierna a extremos correosos, idealmente bajitos y de menos de 70 kilos, en liga regional sin linieres y árbitros aficionados medio choscos. Razón, campo de Agrela, preguntar por "Portu", el vigués-coruñés de vuelta en el Vioño.
Ay, qué pena me dan los Ronaldos del mundo. Los años pasan, pero lo básico no cambia: balón o jugador, pasa uno o el otro, pero nunca juntos.
Hace unas pocas semanas me crucé con un antiguo compañero del Vioño C.F., el equipo de fútbol de 3ª regional donde jugué 2 temporadas después de la universidad. Sin demasiados problemas, me convenció para volver con otras viejas no-glorias y esta misma semana he empezado la pretemporada, a los casi 30...
Claro, los años no pasan en balde, y tras la semana más deportiva de mi vida post cuarto de siglo, con 2 sesiones de gimnasio lunes-jueves y 2 de fútbol pretemporada en playa miércoles-viernes, el sábado me he levantado con los gemelos y la espalda quejándose del sobreesfuerzo, obligándome a caminar como un abuelito de 80: cojeando y con una mano sujetando las lumbares.
En fin, Berto tiene razón, el deporte no es saludable, sobre todo a cierta edad. No en balde soy el mayor del equipo, además del de mayor fama de leñero, leñador o "javi navarro", como queráis llamarlo.
Lateral derecho sin velocidad y con poco fondo físico se ofrece para agarrar, empujar y meter la pierna a extremos correosos, idealmente bajitos y de menos de 70 kilos, en liga regional sin linieres y árbitros aficionados medio choscos. Razón, campo de Agrela, preguntar por "Portu", el vigués-coruñés de vuelta en el Vioño.
Ay, qué pena me dan los Ronaldos del mundo. Los años pasan, pero lo básico no cambia: balón o jugador, pasa uno o el otro, pero nunca juntos.
miércoles, julio 30, 2008
Rojo, sigo rojo
Del color de "La mujer de rojo" (The woman in red), tras pasar por la consulta de mi ortodoncista, he elegido continuar, extendiendo la etapa roja de mi vida multicolor durante 2-4 semanas más.
El motivo de repetir, por primera vez, no es el agotamiento del (sorprendentemente elevado) número de colores en gomitas para brackets, sino el ser fiel a los símbolos que nos ofrece la vida en ocasiones. O no...
La verdad, justo antes de irme a Zaragoza a ver la "Expo" o, mejor dicho, a pasar unos días con Nacho y Heidi, tuve el capricho de ir a comer a la playa el día coruñés más caluroso del año, sin cremitas ni "mariconadas" que protegiesen mi sensible y tersa piel de blanquito antigua rata de biblioteca...
En mi tercer día de playa del año, supuse que mi también nada morena amiga y acompañante llevaría una crema protectora para compartir, pero me equivoqué. Es una práctica, esa de contar con el buen sentido de los demás ante la falta del propio, la cual solía funcionar...
Sin embargo, en esta ocasión, allí estábamos los dos, a las mismas de la tarde bajo un sol de justicia, sólo amenizado por unos bocatas y algún amago de chapuzón en la helada agua coruñesa.
Suerte que mi blanca amiga no tiró de topless (cómo les gusta provocar!) hasta pasada la primera hora, porque sino se hubiera vuelto a casa con unas tetas (con perdón) tan rojas como un servidor, durante dos días temporal imitador de los pieles rojas yankies.
Pero como no hay mal que por bien no venga, tras las quemaduras vino la farmacia y el untamiento recíproco de cremita after sun. Y del goce del roce al rojo en mi piel y, repitiendo, en mis brackets.
Tras los días de piel roja, viene el posible futuro de cáncer de piel y... ¡tachán, tachán!... también el morenito naranja zanahoria. No estaba "tan" moreno desde mis días de vino y rosas en el sur de California...
¿Alguien atisba el siguiente color de este viaje en búsqueda del legendario cofre de oro al final del arco iris?
El motivo de repetir, por primera vez, no es el agotamiento del (sorprendentemente elevado) número de colores en gomitas para brackets, sino el ser fiel a los símbolos que nos ofrece la vida en ocasiones. O no...
La verdad, justo antes de irme a Zaragoza a ver la "Expo" o, mejor dicho, a pasar unos días con Nacho y Heidi, tuve el capricho de ir a comer a la playa el día coruñés más caluroso del año, sin cremitas ni "mariconadas" que protegiesen mi sensible y tersa piel de blanquito antigua rata de biblioteca...
En mi tercer día de playa del año, supuse que mi también nada morena amiga y acompañante llevaría una crema protectora para compartir, pero me equivoqué. Es una práctica, esa de contar con el buen sentido de los demás ante la falta del propio, la cual solía funcionar...
Sin embargo, en esta ocasión, allí estábamos los dos, a las mismas de la tarde bajo un sol de justicia, sólo amenizado por unos bocatas y algún amago de chapuzón en la helada agua coruñesa.
Suerte que mi blanca amiga no tiró de topless (cómo les gusta provocar!) hasta pasada la primera hora, porque sino se hubiera vuelto a casa con unas tetas (con perdón) tan rojas como un servidor, durante dos días temporal imitador de los pieles rojas yankies.
Pero como no hay mal que por bien no venga, tras las quemaduras vino la farmacia y el untamiento recíproco de cremita after sun. Y del goce del roce al rojo en mi piel y, repitiendo, en mis brackets.
Tras los días de piel roja, viene el posible futuro de cáncer de piel y... ¡tachán, tachán!... también el morenito naranja zanahoria. No estaba "tan" moreno desde mis días de vino y rosas en el sur de California...
¿Alguien atisba el siguiente color de este viaje en búsqueda del legendario cofre de oro al final del arco iris?
lunes, julio 14, 2008
Y, ahora, nos ponemos rojos?
A estas alturas, a mi edad, ya rozando la treintena, ¿cómo es posible que me ponga rojo en según qué situaciones?
Pues nada, resulta que la madurez nada influye sobre la forma de ser, esa grabada a fuego en los genes y el entorno que nos rodea durante los muchos primeros años de nuestra vida. El miedo al ridículo y la vergüenza siguen ahí, expectantes y listos para provocarnos ganas de salir corriendo ante la situación más inofensiva.
La madurez, el hacerse viejo, además de forzarnos a usar cremitas hidratantes y escuchar atentos las fórmulas anti-arrugas difundidas por la subcultura popular, nos da la fórmula para controlar mejor nuestros horribles defectos sociales, pero no los elimina. Es simple maquillaje, leyes y patrones copiados a otros para esconder la realidad que lucha bajo nuestra piel por salir a flote.
Tengo tantas ganas de escribir las cosas que pasan últimamente por mi cabeza, además de las que me pasan por ahí, que casi vencen a mi actual falta de foco y sentido de vida futura, reflejada en la pereza más absoluta por hacer nada útil.
Estoy abandonado al pasar del tiempo y el olvido, esperando a que los puntos se conecten en algún futuro momento imposible de imaginar hoy, ayer o la semana pasada. Río abajo y sin timón, vislumbrando no sé si rápidos, cataratas o un remanso de calma y satisfacción.
Y entre pereza y ganas, tras iniciar una exposición incompleta de mi propia cobardía, vergüenza e incapacidad social, sale otro mini capítulo de mi vida multicolor el día que me han extraído dos premolares.
De rojo durante las 3 o 4 próximas semanas, a juego con mi carita de veintitantos-añero cada vez que me enfrento a la realidad más allá del mundo de javi siemprefeliz, y también a juego con la sangre emanada por donde antes lucía el blanco reluciente.
Ya, ya sé, me he saltado varios capítulos desde el naranja, aquella etapa de voluntad que duró mientras pude resistirme al sucedáneo de la Nutella.
El naranja de la prentendida y nunca conseguida voluntad, el azul de la tristeza (en hábil símil con el término inglés), algún otro color posterior que se ha perdido incluso en mi memoria...
Y ahora el rojo: el de la sangre, el del amor de la Love Song pirata que suena en mi ipod, el de de la furia de la Eurocopa y la cadena que lo emitió, también el de las mejillas avergonzadas y, por último, el mío preferido de cuando pequeño.
De aquí a finales de julio, a la vuelta de Zaragoza y mi paseo por casa de Nacho y Heidi, el rojo es el código de mi vida multicolor.
¿Hallaré al final del arco iris el legendario cofre repleto de oro? La fiebre del oro continúa...
Pues nada, resulta que la madurez nada influye sobre la forma de ser, esa grabada a fuego en los genes y el entorno que nos rodea durante los muchos primeros años de nuestra vida. El miedo al ridículo y la vergüenza siguen ahí, expectantes y listos para provocarnos ganas de salir corriendo ante la situación más inofensiva.
La madurez, el hacerse viejo, además de forzarnos a usar cremitas hidratantes y escuchar atentos las fórmulas anti-arrugas difundidas por la subcultura popular, nos da la fórmula para controlar mejor nuestros horribles defectos sociales, pero no los elimina. Es simple maquillaje, leyes y patrones copiados a otros para esconder la realidad que lucha bajo nuestra piel por salir a flote.
Tengo tantas ganas de escribir las cosas que pasan últimamente por mi cabeza, además de las que me pasan por ahí, que casi vencen a mi actual falta de foco y sentido de vida futura, reflejada en la pereza más absoluta por hacer nada útil.
Estoy abandonado al pasar del tiempo y el olvido, esperando a que los puntos se conecten en algún futuro momento imposible de imaginar hoy, ayer o la semana pasada. Río abajo y sin timón, vislumbrando no sé si rápidos, cataratas o un remanso de calma y satisfacción.
Y entre pereza y ganas, tras iniciar una exposición incompleta de mi propia cobardía, vergüenza e incapacidad social, sale otro mini capítulo de mi vida multicolor el día que me han extraído dos premolares.
De rojo durante las 3 o 4 próximas semanas, a juego con mi carita de veintitantos-añero cada vez que me enfrento a la realidad más allá del mundo de javi siemprefeliz, y también a juego con la sangre emanada por donde antes lucía el blanco reluciente.
Ya, ya sé, me he saltado varios capítulos desde el naranja, aquella etapa de voluntad que duró mientras pude resistirme al sucedáneo de la Nutella.
El naranja de la prentendida y nunca conseguida voluntad, el azul de la tristeza (en hábil símil con el término inglés), algún otro color posterior que se ha perdido incluso en mi memoria...
Y ahora el rojo: el de la sangre, el del amor de la Love Song pirata que suena en mi ipod, el de de la furia de la Eurocopa y la cadena que lo emitió, también el de las mejillas avergonzadas y, por último, el mío preferido de cuando pequeño.
De aquí a finales de julio, a la vuelta de Zaragoza y mi paseo por casa de Nacho y Heidi, el rojo es el código de mi vida multicolor.
¿Hallaré al final del arco iris el legendario cofre repleto de oro? La fiebre del oro continúa...
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